11 noviembre, 2005

La vida secreta de las palabras

A lo largo de mis casi 37 años he visto, con pena, que pocas mujeres no han sufrido algún tipo de abusos sexuales a lo largo de su vida. Sé qué es que una parte de tu vida se congele y que la vida sin embargo siga. Sé que sólo mirar lo que no se ve hace que se recupere la confianza en la vida poco a poco. Y pese a todo no sé quién puede sobrevivir a un genocidio como el de la protagonista, Hanna.
Pocas películas son tan redondas, pocos guiones son como éste, pocos tópicos como el del ciego que ve sin necesidad de los ojos se ven tan poco tópicos, pocas palabras tienen tanta fuerza como las pocas que pronuncia su protagonista.
No sé qué me gustó más de La vida secreta de las palabras, quizás la metáfora culinaria, y de cómo abrirse a unos gnochis puede abrir a la vida, de cómo hay un antes y un después en el menú de Hanna. Quizás ese océano indómito tan diferente del Mediterráneo que contemplo al ir y volver de trabajar. Quizás los mejillones que es lo único que comería cuando estoy triste. Quizás que haya gente que siente lo que no ve. Quizás el no olvidar Dubrovnic.

3 comentarios:

Red Stovall dijo...

Yo no lo hubiera expresado mejor. Impresionante post.
Saludos.

amparoland dijo...

¿Mejillones? Por lo general, entro en tu blog para deleitarme un ratito, pero a partir de ahora entraré para perplejarme, estímulo que también me encanta. 7 besos.

Eva dijo...

Sí, mejillones, y también mandarinas, o fresas de las chiquititas, según la estación. Esto de la tristeza es como es.