14 enero, 2009

Cambiar el rumbo


Llevo tres meses con tres trabajos: el de la escuela de adultos, el de consultora en la UOC y el de correctora de un montón de secuencias didácticas en java para un Internet en el aula que ha salido de la nada más ambiciosa del MEC. En diciembre ya estaba con las alergias disparadas y una tos que no se va ni con sicarios.

La escuela en sí ya me dejaría agotada, porque hay una especie de proyecto que nos sobrecarga de trabajo y que no veo bien a donde va, por no decir como mis compañeros que a ninguna parte. Ni disimulo ni me preocupo por callarme ante los correveydile y al final soy la que queda como opositora. Parte de culpa es mía porque no consigo implicarme, quizás porque sólo me dejan implicarme en ese proyecto que ni me va ni me viene y en actividades obsoletas que se hacen porque hace veinte años que se hacen. Creo que nadie en la escuela lee este blog, algunos ni saben lo que es un blog.

La UOC es lo más reconfortante, está muy estructurado y ordenado, pero con pies y cabeza. No pagan como para hacer sólo eso y necesito mi otro trabajo para validar el contrato. Pasa lo mismo con lo de Internet en el aula, salvo que allí ya necesito que el día tenga muchas más horas.

Puedo aceptar que la política de la escuela es que lo que no es de allí no cuenta, como si me apuntara a macramé, pero no que este rasero no sea igual para todos, y que cuando luego tengo algo de información privilegiada sea porque conozco a mucha gente y no porque trabajo, cuanto menos, el doble que ellos.
Ahora estoy de baja, porque con esta tos no puedo hablar, además mi padre, a mi edad, perdió la voz durante dos años, y tampoco quiero forzar la mía.

Cambiar de escuela no lo solucionará, pero lo intentaré, en todas las que he estado, sin excepción, he estado más motivada para ir a trabajar y no se está mal en la de ahora, es todo esa calma forzada que reina en muchos trabajos. Y no le quito mérito a eso, que lo tiene, sólo a las maneras con que se hace.

El caso es que ahora mismo, de baja, me apetecería cualquier otro trabajo; siempre quise ser traductora, puedo pedir una excedencia e intentarlo en tiempos de crisis, contra corriente, pero sin sobrecargarme más, dejando la escuela que, aunque sea lo que me da más sueldo, es lo que menos me motiva. Soñar es gratis.

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