27 marzo, 2011

Todos tenemos un pasado

y yo tengo muchos, no sólo porque voy cumpliendo años sino porque no me reconozco en muchas de las Eva que fui.
De niña, recuerdo la presión de tener que comportarme como los otros niños para que me dejaran en paz. No sé si el resto de niñas lo hacían, pero yo hacía los test de la psicóloga y, cuando los había acabado, cambiaba varias preguntas para que no estuviera demasiado bien, para que se adecuara a lo que se esperaba de mi edad. Si me preguntaba la profe en clase, fingía no haber estudiado la lección, no saber las respuestas y lo mismo en los exámenes.
De adolescente me encontré que no había estudiado en mi vida, no sabía memorizar de manera consciente, ni nada. Me saqué el bachillerato de ciencias sacando sólo buenas notas en matemáticas. Nada me interesaba. Y de allí me metí en caminos, allá todo me interesaba pero no tenía base. Cuando me explicaban algo desde cero pues lo seguía sin problemas pero cuando se daba por sabido lo que no sabía me perdía. Como yo, un 80% de la clase, pero no tenía intención de quedarme repitiendo cuatro años por curso como era media en la carrera. Me fui a filología, con mi bachillerato de ciencias, pero allá no se notó. Tenía cosas por memorizar y pensar no estaba bien visto, fue un descanso. De hecho hice dos y me puse a ejercer de profe, provisionalmente.
Vamos que me he tirado doce años, saqué magisterio y me hice funcionaria y llevo unos once pensando en cambiar de trabajo. En ello estoy, mientras acabo un doctorado en plataformas virtuales.
En estos años he sido insegura, segura, pasota, he estado hecha un lío, con las ideas claras y he ido tendiendo hacia un equilibrio, aunque sé que todo se mueve sobre una cuerda floja. Me paso la vida reinventándome. Tengo poco de la que era hace diez años, menos de la que era hace quince, y más de lo que era hace 30, buscando siempre una Eva a la que no molesten.

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